Reflexionando sobre el efecto tremendamente dañino –y a veces letal- del acoso, hostigamiento o el llamado “bully” contra estudiantes en las escuelas, recuerdo mis años de la niñez y pre-adolescencia cuando con frecuencia éramos testigos, o vivíamos en carne propia, esta acción irrespetuosa.
Para entonces, en mi Cuba natal y, según me han contado, en otros países latinoamericanos, el problema del bully muchas se “resolvía” en las afueras de la escuela con una pelea a puños, que usualmente era interrumpida por trabajadores del centro escolar, un transeúnte o por el simple consentimiento tácito entre los peleadores.
Pero en Chicago, la ciudad que solo el pasado año archivó un triste récord de 500 asesinatos, el problema del bully a veces “se resuelve” con un arma de fuego después de salir de las aulas, y en ocasiones ni la propia Policía puede impedirlo.
En Rogers Park están tomando carta en el asunto. Y no porque exista este problema, sino como una manera preventiva. Porque cuando el concejal Joe Moore organizó en marzo pasado un taller para los vecinos del barrio, lo hizo a sabiendas de la relación que existe entre el acoso de estudiantes en las escuelas y la violencia callejera, e incluso el suicidio. Se estima que 4,400 jóvenes se suicidan cada año en Estados Unidos y el resto del mundo, debido al acoso de sus compañeros durante la permanecía en los centros escolares.
Fue interesante aprender, gracias a la conducción de funcionarios bilingües del departamento de Recursos Humanos de la Ciudad de Chicago, acerca de las causas de este fenómeno y las consecuencias físicas, psicológica y emocional que causa en las victimas el continuo hostigamiento y, cómo los padres pueden identificar que su hijo o familiar es un blanco de “bully” en las escuelas y la manera de actuar en caso de que esto ocurra.
Si bien Rogers Park tiene un saldo blanco respecto a otros barrios de la ciudad donde la violencia mortal cercena la vida de los jóvenes y muchos viven con miedo debido a la inseguridad, nuestro barrio tampoco está exento de este mismo fenómeno en sus escuelas y los padres tienen que estar preparados por si un día ese monstruo llamado bully toca la puerta de su familias.
Incorporarse al movimiento anti-bully no es ya solo una cuestión de cuidar a sus seres queridos en los umbrales de su vida como persona independientes, sino también sería un paso inapreciable para mantener la seguridad en nuestro barrio donde a pesar de existir organizaciones de pandillas, no sufre el escenario de violencia que azota a otros vecindarios de la ciudad.